OCADAVO-AS SEIXAS



68 km, 1218 de desnivel

Track de la ruta: etapa OCADAVO-AS SEIXAS
                            
                           
Algo más de treinta kilómetros te separan de la urbe romana amurallada de Lugo, distancia que recorrerás con ganas antes de alcanzar esta gran ciudad. Pero esto no deberá distraerte ya que entre medias disfrutarás de la belleza del rural gallego, con multitud de pequeñas aldeas y restos arqueológicos con mil historias que contar. Aquí podrás realizar visitas a distintos puntos de interés del lugar como la Catedral de Santa María, las distintas plazas e iglesias presentes en la ciudad, así como sus conocidas murallas. Con la llegada a San Romao da Retorta, podrás realizar visitas a distintos puntos de interés como la Iglesia que da lugar al nombre de la localidad, de origen románico y reformada en el siglo XVIII. Muy cerca de ella fue encontrado un miliario romano que data de los tiempos del emperador Calígula, a pesar de que hoy solamente queda una réplica. Después de esta visita volverás al alojamiento escogido para descansar y afrontar con garantías la siguiente etapa.

Reservado albergue A Toqueira
Dueña Lucia 
1 habitación para 4 en literas
1 habitación para 2 en literas
15€ persona.
Lavadora secadora 4€ no desayuno, si comida y cena
Guarda bicis.



Hoy amanece con niebla, el día está gris plomizo, sin ánimo de llover, pero oscuro, también será por la hora. En su lado positivo, la temperatura es buena y muy agradable.


Nos levantamos y ya casi compuestos nos vamos hacia el restaurante elegido para desayunar, osea el mismo, el moneda. A la vuelta hacia el albergue para coger las bicis, sobrepasamos la rotonda donde la tarde antes un camión casi la coge recta, aún hay niebla, hoy toca manguitos y algo de abrigo.
Emprendemos nuestro quinto y penúltimo día, creo que más pensando en el último. Hablábamos de los sentimientos encontrados que coincidimos en tenerlos todos. Por un lado queremos llegar a Santiago por ver que pasa, por terminar, pero por el lado contrario, estamos disfrutando tanto de ésto, que no queremos que se acabe. aunque sabemos que acabará y solo nos queda saborear cada momento si puede ser con más intensidad.

Para variar, ésta etapa sale sin una subida pronunciada, el terreno en Galicia empieza a suavizarse, pese al día gris, se va en bici a gusto y más si es bajando como en esta ocasión, salimos por el parque de esta pequeña localidad y pronto nos adentramos en un bosquecillo, el camino es ancho y cómodo.
Vamos llegando a la primera aldea, Pradeda, ahora sí, el asfalto de ésta, da paso a un tramo de ascenso que no nos da mucho respiro.
Hoy la tónica parece ser cruzar más de una población, pequeñas y casi siempre por su parte exterior, como la pequeña acequia de Vilabade, que por estrechez nos hace bajar de la bici.
Ésta zona nos adentra en frondosos bosques de pinos, con caminos en muy buen estado y ancho para su conducción, hace tiempo que el desnivel nos da un respiro y marchamos muy cómodamente, muchos tramos de cruzar carretera para coger el camino señalado. 
Castroverde, Souto de Torres y San Miguel son lugares que vamos dejando entre tramo de asfalto y camino.
Y entre ellos una densa vegetación cubre el camino dejando a duras penas dejar atravesar los rayos de sol que ya salió, abriéndose paso entre la niebla mañanera.

En Souto de Torres hacemos una pequeña parada, justo a la entrada del pueblo donde una cruz recuerda que estamos en tierra santa. Un caballo al otro lado se acerca a nosotros, buscando quizás comida o quizás entretenimiento, pues no parece que por allí abunden visitas.
Juancar nos hace alarde de sus cualidades de cuatrero y proseguimos rumbo, directos al pueblín que atravesamos en breve.  Como cada día tiene que haber una anécdota, con risas recuerdo ésta. Como en muchos tramos del camino, los tres más jóvenes daban rienda suelta a sus fuerzas, y se adelantaban unos metros, que si bien andando pueden ser pocos, en bici un minuto puede equivaler a un kilómetro, en ésto Juancar y Yo, nos adentrábamos en un pequeño pueblo de tantos, donde nada más entrar saludamos a una pareja de peregrinos, a los doscientos metros aparece un albergue y nos inunda la idea de sellar las credenciales, decidimos parar y al entrar en aquel reconvertido granero, el bar a la derecha y el dueño tras la barra, al cuál pido permiso para utilizar el sello que sobre una mesita tenía. El hombre con toda la amabilidad del mundo nos indica y admite sin reparos de su utilización, mientras continua con su tarea de hacer café de puchero. 

Viendo ésto y a sabiendas de su buen trato, decidimos probar ese café de puchero que tan buen olor esparcía por la estancia. En esto me doy cuenta que los demás no están  y es obvio que nos estarán esperando. El lugar tenía dos entradas por lo que por una vi pasar a la pareja de peregrinos que habíamos saludado antes y sin darles tiempo a rodear la casa y por la otra puerta, les abordo para pedirles el favor de que avisaran a tres ciclistas que sin duda estarían esperando.
Así era y después de venir y abroncarnos por no avisar ya que se encontraban a casi tres kilómetros. Al lado de una casa y charlando amigablemente con un paisano mayor de la zona, hasta que al cabo de unos minutos al hombre le sale de cuentas la pérdida de tiempo de estos y les dice: ¿pero que hacéis aquí todavía? que aún os queda mucho camino. Estamos esperando a otros dos que nos faltan, contestaron éstos. A lo que el hombre apuntó: esos están en bar del albergue tomando un café. No creo, señaló Jose, en el momento en que los dos caminantes llegaron a su altura para decirles: Nos dicen vuestros compañeros que vayáis a tomar un café al bar del pueblo. Raudos parten al encuentro volviendo sobre sus pasos, escuchando al paisano decir...: ya os lo dije que estaban en el bar.
Lo demás, fueron risas, algo de cabreo y un fabuloso café de puchero que nos tomamos en ese bonito y recóndito lugar de la Galicia profunda.

Para poner su toque de gracia, Jose al salir advierte al dueño agarrando la linea de delanteros del futbolín del bar: "jefe, este hay que quitarle", en clara referencia a Messi, que por esos días estaba fuera del Barca. Otra vez a reír y de nuevo emprendemos camino ahora hacia el próximo destino, esta vez a la única ciudad grande que nos encontraremos en todo el recorrido, Lugo. 
Todavía tuvimos que fijarnos en algunas flechas, atravesar alguna aldea y atender a la buena dirección del camino. Así sin darnos cuenta y sin mayor sufrimiento, aparecimos a las afueras de Lugo, al frente sus edificios y un vistoso acueducto que sostiene las vías del tren, al cuál nos dirijímos cuesta abajo.

Sin darnos cuenta y sorteando unas escaleras y un extraño pasadizo, nos encontramos frente a la muralla y una de sus puertas nos anuncia que quedan menos de cien kilómetros para llegar a Santiago, invitándonos a adentrarnos en su feudo.
Gente en cierta abundancia para lo que veníamos viendo, y en su plaza mayor, la del ayuntamiento, nos vimos con la solitaria Susy que estaba aposentada tomando un café en una terraza. Hicimos la misma labor por ser la hora y porque ya apetecía. De allí fuimos sorteando calles, hasta la catedral, vimos su muralla y después de despedir a Susy y sellar la compostelana en la oficina de turismo, bordeando la muralla y siguiendo la huella de conchas en el suelo, nos fuimos en busca de la salida de esa urbe.
No fue fácil, de hecho dimos más vuelta de lo normal, pero al final conseguimos cruzar el famoso puente romano que atraviesa el Miño, ese que todo buen peregrino anhela cruzar.
Nos alejamos de Lugo por carreteras comarcales que unen los pueblos cercanos a la gran ciudad, y entre caminos y asfalto conseguimos tras algún que otro vistoso lugar de árboles, llegar a San Roman de Retorta, en esta parte del itinerario nos topamos con un sin fin de cruces, y cada vez nos adentramos más en lugares insólitos, rodeados de vegetación y prados por todas partes. 

La mañana va cayendo y con ganas de acabar la etapa, la cuál solo se hizo larga por los cinco kilómetros de más que  hicimos en Lugo. 
Pon fin sin avisar, en una de esas aldeas escondidas la flecha amarilla, nos dirige a Seixas, la cuál atravesamos sin darnos cuenta que ese era nuestro destino. Siguiendo la localización que Susy nos manda cada vez que llegamos a su encuentro, después de dar la vuelta, subimos una calle que nos lleva directamente a nuestro albergue. Más parecía una casa rural, justo al lado esta el municipal, este año cerrado por la pandemia, donde nos contó la hospitalera de éste, vecina de los dos albergues, que estaba siendo un año extraño.

Pero la hospitalera y dueña que nos interesaba era Lucía, la de nuestro sitio, más, porque quedó encargada de hacernos una ensalada y macarrones a la boloñesa para comer. Sin más demora nos aseamos, conocimos nuestro bonito albergue y de nuevo sentados los seis, dimos cuenta de los manjares que la simpática y joven Lucia nos había preparado. Solo la vimos los ojos pero tras esa mascarilla anticovid, se intuía una bonita sonrisa.
La tarde invitó a salir al jardín y tumbarse a la bartola a dormir o al menos intentar echar una siestecita.
Unos jugaban a cartas, otros paseaban por la aldea que contaba con diez habitantes, y alguno acompañaba a la vecina hospitalera que estaba recogiendo las pocas ovejas que tenían ella y su marido, guardando el ganado para la noche y dando biberón a un corderillo que aborreció la madre.

La charla con ella fue interesante desde que la vimos, tras su aspecto rudo y descuidado, escondía un alma de lectora y daba visos de persona inteligente y culta. De la tierra de Zorrilla, apuntó nada más decirla de donde eramos.
Lo demás hasta la cena sólo quedó alterado por un whatsapp de los bicigrinos mallorquines, que casualidades de la vida estaba escribiendo el mensaje, justo en el sitio donde estábamos nosotros, pero sin posibilidad de vernos pues ya había salido el mensaje y ellos emprendido la marcha. Ellos siempre iban un destino más lejano al nuestro.
Cenamos empanada, tortilla y una ensalada, preparado todo por la misteriosa Lucía, delicioso todo y con los deberes del día cumplidos, nos dispusimos a dar con nuestros cuerpos en la cama, en ese rustico y acogedor sitio que fue albergue de animales caseros, de sustento para la familia, y pasó a ser casa de peregrinos para reponer su esfuerzo.
 Mucha suerte en esa andadura, Lucía.




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